sábado, 21 de febrero de 2026

My way


 Hace unas semanas. Elías se sorprendía al oírme decirle al dueño de un terreno que tirarle un chopo (populus alba) de veinte metros le costaría quinientos euros. Dos árboles, mil euros y así sucesivamente. Al marcharnos él y yo en la furgoneta me preguntó muy sorprendido si de verdad costaba tanto dinero talar un árbol.
Yo le respondí con un viejo chiste o chascarrillo que dice así (por si no lo conoce quien lea esto):
"Un señor va con su coche de viaje cuando de repente surge un problema en el motor y el coche se detiene. El hombre llama a la grúa que le recoge y le lleva al taller abierto más cercano. El mecánico del taller le dice que tiene el taller lleno de coches y que no podrá mirar el fallo del motor hasta la mañana siguiente. El hombre le pide por favor que se lo mire en el momento pues debe continuar con su largo viaje y no puede esperar al día siguiente. El mecánico, empatiza con el problema del hombre y decide mirar en ese momento que es lo le ocurre al motor. El mecánico abre al capó y revisa una a una las piezas principales del motor bajo la atenta mirada del hombre que no conoce las piezas, ni lo que mira y ve tocar al mecánico. 
El mecánico extrae un tornillo partido y lleno de grasa del motor. Lo sustituye por uno nuevo y acciona la llave del contacto. El coche arranca y el motor funciona perfectamente. El mecánico cierra el capó y le dice al hombre que ya puede continuar con su viaje sin problema. El hombre del coche le pide al mecánico que le cobre y se enfada cuando el mecánico le dice que el arreglo del coche son cien euros. El dueño del coche se siente estafado y con enfado le pregunta como puede cobrar tanto por tan solo cambiar un tornillo. Así que el mecánico le responde que cambiar el tornillo cuesta un euro, pero saber que tornillo hay que cambiar, hacer el cambio rápido y que el hombre pueda llegar pronto a su destino y dejar los demás coches en espera por ello, vale noventa y nueve euros. Cien en total."
Con esta explicación, Elías sonrió y yo le expliqué que tirar un árbol lo puede realizar cualquier persona sin experiencia que empuñe una motosierra. Pero saber escuchar, comprender y asesorar sobre el problema al cliente, el manejar una elevadora de veinte metros o saber trepar con cuerdas hasta la copa, irlo troceando y bajando con cuidado sin romper el tejado de la casa, no romper los elementos decorativos del jardín, no romper la valla del vecino, dejar totalmente limpia la zona de leña y restos, no perder ningún miembro con la motosierra, no caerse y matarse en el jardín, la seguridad social, la maquinaria, la gasolina, el traslado en furgoneta, su salario, el mío y el beneficio para la empresa... Eso vale mucho y tan solo cuesta quinientos cada árbol. 
 
Con los años, y tras muchas conversaciones con alumnos, así como muchas de mis formas de trabajar y que sorprenden a estos, me voy dando cuenta de lo difícil que resulta contar todo lo que has aprendido y donde lo has aprendido. La entrada que publico hoy no tiene ni tendrá ningún interés al lector, por lo que le recomiendo si ha leído hasta aquí, que no prosiga y busque algo más interesante que hacer, ya que me veo dispuesto a relatar mi aprendizaje y las múltiples tareas que he tenido que aprender para llegar hasta hoy, para ser capaz de poder enseñar algo que otros puedan aprovechar para su futuro. Ahora, y faltando mucho que aprender y quizá otros trabajos que desempeñar, me doy cuenta de que en vez de estudiar, perdí mi tiempo en aprender. Que una cosa u otra sea mejor o peor, no sirve tampoco de mucho, pero voy a contarme a mi mismo, repito que para mi mismo, este relato. No para ustedes, sino tan solo por mi, por el disfrute de hacerme recordar momentos y personas mientras repaso esa lista de aprendizajes.
 
Antes de comenzar, creo que debo hacer una diferencia entre los trabajos remunerados, los no remunerados y los cotizados y remunerados. Todos ellos forman seguro parte del aprendizaje aunque no siempre me lo hayan remunerado o no me hayan dado de alta en la seguridad social. En todos pude aprender cosas que no sabía o disfrutar de conocer gente. Cosa divertida esta de la gente, pues algún alumno cuando recorremos la ciudad para realizar trabajos siempre se sorprende y me dice: "Javi, en todas partes hay alguien que te conoce, saluda y se para a hablar contigo. ¿Acaso conoces a todo el mundo?". A todo el mundo desde luego no, es muy grande. Pero tan solo de trabajar en tantos sitios y cosas diferentes, parece que al final también atesoras amistades y conocidos.

El caso es que mi primer trabajo y no remunerado, y este lo recuerdo con nitidez fotográfica fue Vendimiar, recoger uvas con mi abuelo, mi padre, mis tíos y los vecinos de tierras, que antes se ayudaban unos a otros. Quizá esto no podría verse como un trabajo ya que estoy seguro de que hay muchas personas que alguna vez hayan realizado esta tarea para parientes con algo de viña, pero lo cierto es que es un trabajo, hay que saber podar el racimo, saber agacharse cuando estás varias jornadas enteras vendimiando durante horas, saber llevar el palo, linea o ringlera. Hay que llevar los capazos (decimos aquí en Aragón), saber afilar los gabiños (ahora se poda a tijera, incluso eléctrica), saber abrir el remolque, pisar las uvas, saber usar la prensa y que no te estalle o salte alguna tabla a la cara, saber trasegar el vino. En fin, es un oficio por el que se paga y no poco. Pero a mi me tocó hacerlo y aprenderlo con menos de diez años.
Aquel fue mi primer trabajo. Creo que la primera vez que mi padre pudo convencer a mi madre de que debía llevarme con él a partir o desde aquel septiembre y hasta hoy.
 
Así empecé a trabajar apenas cumplidos los diez años sin saber que estaba trabajando y desde luego no con la visión de que ir con mi padre fuera un juego, porque me obligaba a realizar aquellas tareas con mayor diligencia y seriedad que a otros familiares que rara vez acudían a ayudar. 
Mi primer trabajo fue la vendimia, pero nada más terminar la vendimia tuve que aprender mis siguientes trabajos: retirar los sarmientos que mi padre podaba, hacer los fardos de sarmientos, hacer el brazal con la hoz, afilarla, desbrozar los terrenos con la guadaña, "jabrir" la viña (verbo aragonés usado en el bajo Gállego que significa airear alrededor de las cepas con la azada o arado que se realiza en invierno para que penetre mejor el agua de lluvia).
Estos trabajos los realicé semanalmente a lo largo de muchos años, siempre sin remunerar (evidentemente) y alternando esos trabajos con mis quehaceres infantiles de ir al colegio, jugar a futbito con mis amigos del cole, o ir a cazar con mi padre.
Mi padre en aquel tiempo tuvo una plantación de cerezos. Y cuando llegaba la época de cerezas, era obligatorio ir toda la familia diariamente desde las seis de la mañana hasta el atardecer. A las seis de la mañana los tordos (Molothrus bonariensis) todavía no empiezan a comerse las cerezas y es mejor estar ya en el campo para que no vengan. Así ya aprendí que la agricultura es un trabajo ingrato ya que el resultado de tu esfuerzo lo echa a perder los tordos que te vigilan desde el campo de al lado, una helada o los gitanos que venían de noche y te robaban las cerezas antes de que salga el sol. 
Aprendí a silbar mientras se recogen estos pequeños frutos, además de aprender que la escopeta de cartuchos de dos caños de tu abuelo tiene demasiado retroceso y te deja sordo y te tira al suelo cuando aun no tienes ni doce años.
Aprendí a jugar con los perros de caza, a correr durante horas con ellos y perderme entre los terrenos sembrados. Aprendí que entre los panizos también hay jabalíes malhumorados. 
Le acabé cogiendo manía a las cerezas. Eso que me ahorro en el supermercado cuando llega la temporada.
 
Así trabajé en el campo aprendiendo de plantas, insectos y animales, los sistemas de regadío, técnicas de poda, aperos de agricultura y un largo etcétera de sabios consejos de la experiencia, mi padre y de los vecinos ancianos o parientes mayores a los que escuchaba con verdadera atención y que solían frecuentar los campos. 
 
Pasé los veranos siempre en el pueblo, y en alguno de aquellos veranos me alisté en las cuadrillas de chicos que desbrozábamos las acequias o recogíamos patatas o cebollas de seis de la mañana a dos de la tarde para ganar cinco mil pesetas a la semana con las que poder comprarme tabaco y gastarme lo demás en pagar la peña, entonces era un dineral. 
Me acostumbré a eso del dinero y además mi familia no andaba bien de fondos con lo que ya empecé a trabajar de forma remunerada también durante los cursos escolares. 
Así fue como empecé a trabajar llevando cada tarde cartas de un despacho de abogados a otro por toda la ciudad. Resultó que aquel trabajo tenía una gran cantidad de gente que como yo, en aquellos tiempos sin internet, nos dedicábamos a llevar diariamente las sentencias, procesos, minutas y demás papeleos judiciales entre despachos de abogados y procuradores.
Toda la tarde andando, sudado y ganando diez mil pesetas a la semana para que no le faltara de nada a la novia, por ser educado y andar rápido (estilo rajoy) para entregar cuanto antes cada sobre en su respectivo despacho de la ciudad.
 
No sé cómo, pero entonces la semana daba para ir a clase (que no estudiar), aprender a tocar la guitarra, estar con la novia, escuchar discos, repartir el correo judicial y estar todo el día con los amigos (eso decía mi madre).
Además, y que no caiga en el olvido, de gestionar (de aquellas maneras) con los amigos una casa de juventud (otro trabajo en este caso de gestión de actividades sociales, no remunerado). Así como servicio de voluntariado en Cruz roja en el que me tocaba ir a buscar a niños inmigrantes al colegio para llevarlos a casa, acompañar ancianos al médico, pasar tiempo en algunas residencias de ancianos, y demás trabajos sociales no remunerados.
 
Ya en aquella época empece mis primeros conciertos no remunerados. Algún sábado empezaba a saborear las mieles del éxito como artista iluso, celebrando hasta altas horas de la madrugada la pequeña fama que te otorgan los amigos y familiares y a la mañana siguiente a las seis de la mañana del domingo tocaba el baño frío de la realidad con una azada entre la niebla y las broncas de un padre que no quería que me durmiera entre los laureles de la noche anterior.
 
Recuerdo que estuve un verano por la ciudad ayudando a mi hermana a sacar basuras de un edificio. Cada tarde íbamos los dos, subíamos el contenedor en el ascensor y bajábamos recogiendo las basuras de cada portal. Un chifletazo de ambientador en el ascensor y ya podía irme a dar una vuelta y gastar la propina que me daba mi hermana por ayudarle con aquel trabajillo que ella se buscó durante ese verano mientras estudiaba su carrera.
El trabajo en el campo se mantuvo cada fin de semana y temporadas de verano, así tras los años la idea de plantar higueras que mi padre tuvo y plantamos él y yo diez años antes, comenzó a dar higos y brevas que mi padre se atrevió a dejarme que gestionara yo con mi novia de entonces. Cada mañana cogíamos el coche del padre de ella (yo no conducía) e íbamos al pueblo muy temprano. Recogíamos y colocábamos los higos en cajas de madera para la venta y cuando ya no cabían más en el maletero nos íbamos a una verdulería de la ciudad acordada con mi padre donde nos pagaban por los kilos recogidos. Yo ya conocía bien aquellos trabajos agrícolas y poco aprendí ya de las higueras. Pero, aún así aprendí que no te puede tocar la leche del higo en la piel y que me gustan las chicas con camisa de manga larga. 
Ya no volví a recoger higos ni a estar con ella, arrancamos casi todas las higueras y plantamos olivos. Le cogí manía a los higos y creo que también a ella.
 
Mantuve mi economía para vicios con estas tareas de cartero entre gabinetes, conciertillos y haciendo de canguro con mi prima Inés y mi prima Blanca hasta la firma de mi primer contrato laboral cotizando.
Fui contratado para trabajar de noche haciendo inventario de las recetas farmacéuticas. No recuerdo mucho de aquel trabajo, pero era en turno de noche, en un almacén con luces blancas halógenas que me dejaba las horas diurnas libres para seguir con la guitarra, con los amigos, la novia, el trabajo en el campo y el reparto de cartas.
 
Después conocí el infierno, un tipo especifico de infierno. Entré en la hostelería y todos sus malos vicios. Aprendí a poner copas y a bebérmelas también. A no dormir, a juntarme con quien no debía, a traspasar las lineas de la legalidad y a conocer un mundo de perversión muy apetecible. Aprendí a poner cafés, a invitar sin ponerlas de mi bolsillo, a saber estar frente al público y sus rarezas, conocí a muchas personas y conocí también el bochorno y la vergüenza de mirar a la cara a quien confió en mi, conocí la perdición y la inconsciencia que practico desde entonces.
 
Después de la oscuridad dicen que viene la luz y así fue como obligado por mi padre y las lágrimas de mi madre, dejé la hostelería y entré a trabajar de cartero en la gran empresa estatal. Caminar deprisa para entregar cartas era algo que ya había aprendido y tenía bien interiorizado. El aprendizaje fue conocer desde dentro como funciona este oficio. Conocer los diferentes formatos de cartas y certificados, conocer portal a portal cada calle de media ciudad, y conocer decenas de personas de las cuales años después alguna dejó su impronta en mi.
Aquel trabajo me gustaba, al fin y al cabo recorrer las calles, ver el trasiego de personas y disfrutar de la luz del sol para mi no tiene precio. Creo que lo mejor de aquel trabajo fue ayudar a entrar a uno de mis mejores amigos. Yo rechacé, y no sé por qué, alguna llamada posterior para continuar, sin embargo mi amigo se quedó allí e hizo de aquel trabajo su oficio (siempre tuve amigos más inteligentes que yo, menos mal).
 
En este país, y me imagino que en los demás también, los méritos vienen en los genes y para entrar a trabajar en una empresa pesa más tus lazos familiares que tu talento. Así fue como yo entré en la hostelería (como favor a mis padres) y después en una gran empresa local de colchonería por lazos genéticos. Y no era el único. Nadie entraba en aquella empresa sin un padrino. Casi diría que cómo en casi todas las empresas grandes.
 
Así fue como la persona que menos duerme y menos desgasta un colchón aprendió como se hacen desde el primer muelle a la última tela. Aprendí a trabajar la goma-espuma, a conocer la textura viscolástica, a darme cuenta de que no sirvo para las matemáticas, a llevarle la contraria al jefe y crearme enemigos en la dirección de la empresa. A ser rebelde, a escribir poemas y canciones mientras regentaba la nave de logística, aprendí a llevar transpaletas  y toros con una destreza increíble. Aprendí a gastarme todo el dinero antes de cobrar la siguiente nómina, me dí cuenta de que yo no estaba hecho para pasar mi vida bajo luces halógenas de almacén y a turnos. Pero sobretodo aprendí para siempre que en la mayoría de las empresas el que trabaja a tu lado es pariente de alguien, sino eres tú mismo y que los sindicalistas están vendidos a los favores personales con la dirección de la empresa.
 
Estalló mi rebeldía y mis ganas de querer luchar contra las injusticias laborales, con la mala suerte para una empresa subcontratada de Opel que me llamó para trabajar cuando parecía ya no era bienvenido en temas de colchones.
Entré en aquella empresa cuando estaban poniendo en marcha la linea de producción de asientos de coche. Tan solo había cuatro paredes recién pintadas, luces blancas halógenas, taquillas nuevas a estrenar y una linea en ensamblaje en pruebas con varios ingenieros y técnicos de automatización haciendo pruebas. Nos pagaban un sueldo por no hacer nada mientras los ingenieros hacían pruebas. Fue realmente divertido, pues estábamos de seis a dos cada día de la semana charlando con los demás, haciendo bromas y teniendo tiempo para conocer la vida al detalle de cada compañero. No hacíamos nada pero había quejas entre los trabajadores y yo canalicé esas quejas de todos los empleados hasta crear una lista de firmas con exigencias para la empresa. Cree el comité de empresa, puse todo patas arriba y cuando empezó a funcionar la linea y salir el primer asiento, me despedí. 
Aquellos que se quedaron, ahora dirigen el comité y viven como reyes sin dar un palo al agua. Podría o debería haberme quedado, eso me dicen aquellos compañeros a los que aún veo de vez en cuando. Pero yo llevo muy mal eso de la luz artificial de almacén, las ensaladas en tapper, y ver pasar mi vida en una linea de producción.
 
Me fui, y volví a los entresijos de los colchones. Desde luego mi tío debió tragar lo intragable para que yo pudiese volver, imagino que por petición desesperada de mis padres que no sabían que hacer con el músico rebelde. 
Anduve dejándome los cuernos por aquellas naves llenas de telas, espumas y muelles un tiempo intermitente. ¡Ay, señor! ¡Eso de los contratos fijos discontinuos!. Y menos mal, porque de lo contrario, quizá me habría acomodado y quedado allí para siempre. Todavía era demasiado joven para aprender a agachar la cabeza y aprender a decir que si. Con tantos años trabajando con mi padre nunca aprendí a decir que si, pero nunca me atreví a decir que no.
 
Entre algunos de aquellos contratos colchoneros, tuve tiempo de trabajar como dependiente y de nuevo como recomendado no meritorio por la familia en una empresa de productos químicos muy famosa de la ciudad. Apenas estuve una semana o así, pero me sirvió para conocer a todos los abuelos que bajaban de los pueblos y compraban fitosanitarios y polvos para las patatas y el vino (cada uno es libre de intoxicarse como quiera) y mujeres que compraban colonias baratas de imitación. Estuve poco tiempo pero conocí gente, compañeros, productos químicos y quedaron todos los poros de mi piel impregnados de por vida de aquel olor a mezcla de colonias baratas de imitación. Llevo veinte años sin comprarme ni echarme perfume y sin embargo mi mujer me dice "¡Qué bien hueles!" o "¿Te has puesto colonia?". Evidentemente no estaba hecho yo para aquel puesto de trabajo. Jornada partida, horario comercial, luces halógenas y la destrucción total del sentido del olfato.
 
Tuve la suerte de que la empresa de colchones o mi tío no se dieran por vencidos y me sacaran de aquel mostrador de colonias. Desde luego era mejor volver a las broncas con jefes que con las mujeres adineradas comprando colonia barata en horario comercial.
Cuando se volvió a acabar aquel contrato, pude disfrutar de mi paro generado y dedicarme a realizar cursos y cursos y cursos. Bueno y a tocar y tocar, pero sin cotizar por ello.
 
Fue a través de mi cuñada, sus conocidos e influencias, que me prepararon mi siguiente puesto de trabajo. Ahora se trataba de aprender a manejar maquinaria automatizada y en este caso para realizar piezas de baño. Una empresa francesa top en esto de hacer sanitarios para cagar a gusto. O mejor dicho con gusto y estilo francés. Una empresa en una nave con luces halógenas y gente de piel más blanca de no ver la luz que el mono blanco que llevábamos o la loza blanca que se usaba para hacer los sanitarios. Aquí aprendí el arte de repasar la loza para que no hubiera poros o marcas donde posteriormente miles de personas cagarían disfrutando de mi trabajo artesanal y profesional. De todo se aprende, desde luego. Ahora cuando visito los baños, no solo sé cómo hacer dibujos con una tarjeta, sino también cómo se hace una cisterna como esa. También aprendí a decir que aquel trabajador era mi tío al cual quería tanto y que había sido el responsable de hacer un favor a mi cuñada metiéndome en la empresa. 
El trabajo estaba "que te cagas", pero no llevo yo muy bien eso de las luces de almacén así que cuando me iba a casa pensando en mis canciones y mi novia, iba pensando en que ¡Ojalá un día se pegue fuego y no tenga que seguir haciendo de sobrino falso y portándome bien por deber favores!
 
Una mañana me levanté a las cinco para ir a trabajar, aquella madrugada cayo en la ciudad una de las nevadas más importantes que se recuerdan. Mi madre me obligó a quedarme en casa, a no coger el coche yo solo para ir por la autopista hasta el trabajo. Así que somnoliento llamé a la fábrica y mentí. Dije: "Buenos días, lo siento pero hoy no puedo acudir al trabajo por que me encuentro mal." Pero lo que tardé horas en comprender era la respuesta del encargado de la fábrica. Porque me respondió: "No te preocupes, quédate en casa porque ha habido un incendio y se ha quemado toda la fábrica. Ahora solo pueden entrar los bomberos".
Yo colgué, me fui a dormir y no me dí cuenta de la situación hasta las ocho o las nueve de la mañana, cuando al despertar de nuevo mi madre me preguntó "¿Qué te han dicho?". Tardé en asimilarlo y respondí: "que no vaya, que se está pegando fuego la fábrica". Debo confesar que aquí el destino o quien quiera que fuese escuchó mis plegarias y se acabó mi contrato allí, aunque debo decir que me ofrecieron recolocarme en una fábrica de la empresa en al sur de Francia. Desde entonces me cuido mucho de decir según qué cosas.
 
Así fue como descubrí un mundo nuevo que se abría ante mis ojos. Por primera vez, encontré un trabajo sin la mediación de ningún familiar. Ésta vez elegía yo presentar mi currículum a una oferta para un puesto de peón de jardinería. 
Una empresa pequeña y familiar. Un chanchullo que tenía un profesor de una reconocida escuela de FP de jardinería, por la que realizaba trabajos en los institutos de enseñanza secundaria de la ciudad.
Me hizo una prueba, ya que en mi currículum tan joven no había experiencia en otras empresas del sector, tan solo la mención de haber trabajado siempre en el pueblo con mi padre y sin estar dado de alta.
Me dio la oportunidad aquel empresario y no la desaproveché. Me empezaron a pagar de verdad y cotizar por hacer lo que había hecho siempre con mi padre. Desbrozar, podar, y demás tareas de jardinería. Aquí tengo que nombrar a mi compañero Vitaly (Ucraniano) quien me enseñó de aquellas maneras el arte topiario, la siega, la siembra de césped y los riegos automatizados.
El trabajo era duro, pero mi felicidad enorme. Luz del sol, pájaros cantando, jardines preciosos, muchas personas y moverme por toda la ciudad. Por no hablar de volver a mi instituto pero en calidad de jardinero. Hasta ese momento nunca pensé que se pudiera ganar uno la vida trabajando con plantas pero sin los horarios esclavos de la agricultura.
El sitio perfecto para jubilarme, sino fuera porque llegó la crisis de 2008 y yo crecido por la soberbia de un joven inexperto no supe aguantar y agachar la cabeza. Quise poner a prueba eso de decir que no, y me salió el tiro por la culata. Desde entonces si que conocí el verdadero infierno. Un infierno que muchas personas ni imaginan que se pueda dar en aquel siglo XX en un país moderno. Pero para explicarlo y llegar a eso, aún tuve que seguir aprendiendo muchas más cosas y recibir hasta en la foto del carnet (como se suele decir).
 
Salía de mi último trabajo habiendo aprendido varias lecciones vitales: 
- Ir de Farol te puede hacer perderlo todo
- Que la frase de "Virgencita que me quede como estoy" es de las mejores.
- Que el jefe es el que manda, que uno puede tener la sartén por el mango pero si no hay nada que echar a la sartén, ésta no sirve de nada.
- Que más vale pájaro en mano que ciento volando.
 
Ahora y echando la vista atrás, me doy cuenta de que la paciencia se lleva mal con la juventud. 
 
Así que me cesaron de aquel trabajo (no me fui yo) y busqué algo algo parecido. Tras cuatro meses de búsqueda equivocada (por mi parte) pretendiendo encontrar trabajo de jardinero con mayor categoría, tuve que acabar trabajando en las vías de tren en la linea de alta velocidad.
Un trabajo en plena época de verano, a pleno sol, haciendo cortafuegos en las lineas del AVE desde Calatayud a Fraga. Nunca pensé que viviría en primera persona imágenes como en la película de la leyenda del indomable. Cuarenta grados, ninguna sombra, una desbrozadora de veinte kilos de peso colgando de los hombros, una mochila en la espalda con bocadillo y agua y una garrafa de cinco litros de gasolina colgada del cinturón. Así cada mañana salíamos una cuadrilla (creo que éramos ocho más el capataz). y no dejábamos ni un atisbo de hierba por donde pasábamos en cada jornada. No había tiempo que perder y fumábamos mientras cortábamos la hierba. Cada uno de nosotros debía hacer al día un mínimo de ocho kilómetros lineales de desbroce (con un ancho de dos metros, que hacen un total de dieciséis kilómetros cuadrados al día).
Desbrozábamos la hierba y talábamos todos los árboles que crecen en el perímetro interior vallado de las vías de tren bajo la atenta mirada de un capataz con sombrero de cowboy y gafas de policía americano que vigilaba que no paráramos más de lo necesario, medía el trabajo realizado y nos avisaba cuando venía el tren para que nos fuéramos lejos de la vía. la velocidad del AVE, ejerce una fuerza centrípeta que te atrae hacia el tren.
 
Allí comencé a pagar por mis pecados y cumplir mi condena como en las películas americanas. Este trabajo no me aportó mucho más de lo que ya sabía y había hecho anteriormente, bueno me reportó una cantidad ingente de conejos que muchos los regalé y otros muchos tuve en el congelador y fueron plato principal en algunas reuniones campestres con amigos.
  
Después de aquel trabajo, me acogí a la prestación por desempleo y pude aprovechar para realizar un montón de cursos con los que ampliar mis conocimientos, currículum y agenda de amistades. Desde luego fue una época de mucho aprendizaje, aunque en este caso más teórico y remunerado por la seguridad social. También, a la vez fue una época de estudios de grabación, discos, algún premio y miles de horas de edición en Premiere. También sin remunerar pero aprendiendo muchísimo.

Tras aquel tiempo viviendo del paro generado, entré a trabajar en la mayor empresa de jardinería de mi ciudad. La gran empresa a la que todos los jardineros nos gustaría pertenecer. Por lo agradable de sus parques y sus inmejorables condiciones. Pude tomar contacto con encargados, muchos empleados y saborear la miel echa para la boca de otros burros. Así que tras un contrato temporal de verano, ya no volvieron a llamarme (hasta once años después. Demasiado tarde, quizás). En este caso apenas aprendí algo que no supiera ya sobre los perfilados y riegos (allí está muy tipificado que puede y que no hacer cada uno y es imposible que puedas realizar otros trabajos que no sean de tu categoría y yo en aquel momento era peón de jardinería), eso sí, pude aprenderme y conocer todos los entresijos de los parques de la ciudad, avenidas con zonas verdes, andadores, etc. Y sobretodo hacer amistades.

Ya tenía claro mi futuro laboral. Al menos donde y como no pasar el resto de mi vida hasta jubilarme y en qué especializarme. Yo lo tenía claro, mi familia no.

Así que tras unos contratos al aire libre, escuchando los pajarillos canturrear al aire libre y alejado de las luces halógenas, mi familia me presionó al terminar mi contrato temporal con Parques y Jardines, y por medio de algún conocido al que deber favores (de nuevo) entré a trabajar en lo que yo llamé "el gran coño del mundo". Por medio de un conocido de dentro, y los puntos acumulados por mis cursos anteriores en cruz roja y mi voluntariado, entré a trabajar en el Hospital Militar de la ciudad. ¿Increíble, verdad? Pues la entrada no es ni de cerca nada comparable con mi estancia allí.

Cuando ya me creía conocedor de todo y con poco más que aprender, otra gran bofetada de la vida me pilló de lado y sin avisar. Ya relaté en otro blog que tengo medio olvidado mi entrada en aquel túnel de luces halógenas que me segó la vida, las ideas y las ganas de cualquier cosa. Pero ya que estamos en este blog, diré que mi tiempo allí fue más lúgubre y tenebroso que los pasillos de ese destartalado hospital el primer día que entré de noche a las seis de la mañana. Pasé mi contrato allí de celador de hospital, ganando más puntos para la bolsa de interinos por si acaso. El aprendizaje fue extremadamente duro psicológicamente hablando, pero aprendí a saber estar en una UCI, en planta, aprendí que hay cosas que no se ven, pero están. Aprendí a quedarme sin cariño de tanto regalarlo a quienes lo procuraban. Aprendí que los turnos de hospital te matan lentamente, como una enfermedad. Que acaban con tu vida familiar y de pareja. Que si nadie tiene visita puedes leer sin parar. En fin, muchas cosas y de bastante importancia. Aunque en resumen, aprendí que un hospital la vida se te va mientras se van yendo los demás primero.

Tuve la suerte de que al acabar mi contrato temporal allí, y pese a las ganas de mi familia, no me dieron la oportunidad de continuar (en ese momento, más tarde volvieron a llamarme y fui yo quien lo rechazó). 

Así me vi cogiendo un contrato de una semana de jardinero como sustitución por una baja en una empresa que realiza diferentes trabajos para una empresa papelera muy importante de esta comunidad autónoma.

Aquel era un contrato envenenado completamente. Una firma de sangre con el diablo.  Todo pintaba muy bonito cuando me contrataron para trabajar sustituyendo al jardinero más vago de la faz de la tierra, y además a cinco minutos de mi casa andando. Era una sustitución por baja laboral, pero que tan solo duró una semana. El más vago no es tonto, y sabía que debía volver antes de ver peligrar el chollo de su puesto.

Ahí empezó mi gran calvario. Una pena que nunca entenderé porque debía pagarla, o porqué clase de pecado se me había juzgado. Al terminar mi semana de sustitución, aquella mal nacida de encargada con mechas de peluquería y con dientes carcomidos por el tabaco y la luz halógena me dijo... "Si no tienes trabajo, ahora que ha vuelto el jardinero, aquí necesitamos gente".

Y así pasé de jardinero ilusionado, hostelero alcohólico, dependiente crispado, celador aterrado y mozo de almacén enchufado a conocer las calderas del infierno. A sufrir en mis lumbares el peso de la sociedad consumista. A no creer en nada, a dedicarme a todos. A conocer la esclavitud moderna, a jugarme la vida demasiadas veces de forma literal y jugarme la honestidad en cada jornada. Aún no entiendo como pude aguantar (bueno sí, lo sé), pero tampoco entiendo como pudimos vivir sin morir allí dentro (tan sólo uno se quedó, poco para el alto porcentaje de probabilidad), y tampoco entiendo como fui capaz de no matarla. ¿Hasta qué punto había hecho mella en mi lo aprendido en colegio religioso para comportarme y no matar? 

Allí aprendí, a lo largo de diez años, miles de cosas. Un aprendizaje a base de torturas psicológicas y desilusiones. Pero las enseñanzas más importantes fueron a tener paciencia, resiliencia, que los méritos nunca están a la altura de un buen familiar, aprendí a dejar que me trataran como a un negro para que a los negros les empezaran a tratar como a blancos. Aprendí mandinga, wolof y fulah. A hablar en inglés y tratar de entender el francés. Aprendí todas las costumbres de Mali, Mauritania, Senegal, Gambia, Marruecos, Costa de marfil, Nigeria, el Congo, Argelia y yo que sé que más. La música de allí. Aprendía a vivir sin dormir y olvidarme de los nombres de las personas o lo que había hecho el día anterior. Aprendí a conducir dormido, aprendí que mi padre me había enseñado a trabajar como un burro o mejor dicho como un negro. 

Aprendí muchas cosas, pero todas a base de hostias como panes. Y día a día, no de vez en cuando. Aprendí que una persona o mejor dicho que el diablo a veces se esconde entre la carne de un ser humano y es capaz de conseguir sin una vara que no te alejes del redil o que le muerdas. Hay sometimientos más dolorosos y prisioneros que el infringido con dolor físico.

Explicar aquel trabajo merece un libro, una enciclopedia o unas cuantas jornadas de sentarme a contarlo e incluso rebuscar en este blog algunas entradas entre 2012 y 2022.

Para poder narrar estas lineas en su verdadero orden cronológico y no como las recuerdo, he tenido que acudir a mi vida laboral. Y en ésta mi sorpresa es que a pesar de este trabajo que comencé en dos mil doce, comienza a haber decenas de cotizaciones referentes a la música, con lo que puedo decir que desde aquella época pude percibir y cotizar honorarios haciendo aquello para lo que llevaba tantos años preparándome al igual que con la jardinería. La música.

Mientras me dejaba la vida en aquella fábrica en mis peores años laborales, comencé a dar conciertos remunerados y cotizados, es decir a trabajar de manera profesional en esto de la música. Además, de percibir trimestralmente desde entonces una asignación económica por derechos de autor generados por conciertos y música escuchada por oyentes. ¿Que más se puede pedir? Bueno, se podría pedir más, pero para un trabajador que fue perdiendo la ilusión de llenar la nevera con su creatividad, el ser reconocido y remunerado por la hacienda pública, ya es bastante reconocimiento de tu trabajo.

Así que podemos sumar otro oficio con sus respectivos aprendizajes. El de crear música de manera profesional y amenizar alguna que otra noche a los que eligen tu oferta. 

Pasaron de este modo y con este insomne estilo de vida (conductor limpiador de día y músico de tarde-noche) diez años. Pasaron y la peor persona del mundo por fin se jubiló. 

La semana de antes ya me había estado preparando ella para su salida y posterior ocupación de su puesto de encargada por mi. Fue una trampa y yo caí como un niño tras la piruleta o un burro tras la zanahoria. Me sedujo con las mieles de ocupar por fin su puesto. Un puesto compartido con su hija y su nuera (meritocracia, de nuevo). Todo estaba preparado y la empresa de acuerdo. El primer día que la reina de áfrica ya no vino a trabajar, su hija me mandó a realizar los mismos trabajos duros que realizaba antes. No tarde muchas horas en entender que me habían mentido con varios motivos. Uno, que no me marchara al ver que seguiría realizando las mismas ocupaciones. Segundo, no poner al resto de trabajadores que ansiaban mi llegada al trono en contra de la hija hasta el momento de tener que acatar por convenio a la nueva encargada.

La suerte quiso que tras diez años de duro sufrimiento y aprendizajes forzosos, cogiera una llamada desconocida que llevaba semanas rechazando por no conocer el origen. Aquella mañana cogí la llamada en medio de mi jornada laboral.   

Así, en el mejor momento o mejor dicho en el peor momento psicológico de mi estancia en el infierno, me llamaban para ofrecerme un puesto de trabajo como profesor, oficial y monitor en una empresa de integración social.
El miedo a lo desconocido y salir de la zona de confort le llevó a mi cerebro a pensar en decir que no, pero algo de dentro de mi, absolutamente irracional respondió a quien me llamaba como yo jamás habría respondido: "Bueno ahora tengo trabajo, pero puedo acercarme y por charlar supongo que no perdemos nada".
Creo que es la mejor frase que ha salido jamás de mi boca, y sin filtro y sin pensar.
 
Aquella empresa me citó para una entrevista y me contaron que tenían una solicitud mía de hacía unos quince años. Una solicitud que en su momento fue bien valorada pero rechazada por otra solicitud que les beneficiaba más a la empresa.
La conclusión es que me ofrecían mejor sueldo (difícil no superar el convenio de limpieza), mejor horario (difícil no mejorar condiciones esclavistas) y enseñar a personas con dificultades sociales. Lo que había estado haciendo siempre con compañeros africanos o en cruz roja. Por ello, mi currículum de quince años antes les parecía perfecto a lo que yo les respondí que quince años daban para mejorarlo con creces en cualquier aspecto personal y laboral. Les entregué a petición un bloc de folios que parecía una novela, un currículum de tres hojas mencionando tan solo mis conocimientos y experiencia en jardinería y decenas de títulos conseguidos a lo largo del tiempo en cuestión de formación en riesgos laborales, jardinería, psicología, todo tipo de maquinarias, ordenador y mucho más. Había aprovechado el tiempo y eso por fin valía para algo.
 
Así entré a trabajar en mi actual puesto de trabajo. Me cuesta muchísimo hacer entender a quienes están bajo mi supervisión y aprendizaje de dónde sale todo lo que sé, de dónde sale tanto cariño para hacerles saber y entender, y de dónde sale tanta paciencia y precisión. 
 
Todos a ciertas alturas de la vida tenemos una vida laboral larga y repleta de errores que nos han hecho llegar a donde hemos llegado. Pero yo necesitaba explicarme la mía. No a ti, si te la has leído entera. Tan solo quería disfrutar de narrarla y recordar sitios y personas durante el relato.
Sé que no es el final, en todas las casas cuecen habas, y donde estoy también. Pero si he encontrado por donde buscar si un día tuviese que reinventarme. 
 
Vivir la vida de verdad, ver salir el sol cada mañana, alejarme de la podredumbre de las luces halógenas, oír el canto de los pájaros, observar la naturaleza (aunque sea domada en un jardín) y tratar de ayudar a quien no lo tiene fácil.
 
Elías no leerá esto. Pero así es cómo me ha tocado a mi y por lo que le respondí con esa anécdota del mecánico.
 
tema: A mi manera
autor: Gipsy Kings
 

 
 
 
 
 
 

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